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The New York Times: Una catástrofe alimentaria está en camino junio

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AL MAYADEEN. El conflicto entre Ucrania y Rusia, dos países que, según se calcula, producen suficiente alimento para 400 millones de personas y representan hasta el 12 por ciento de todas las calorías comercializadas a nivel mundial— dificultó aún más las cosas y agravó el hambre.

The New York Times cubrió por primera vez el efecto de la guerra en el hambre mundial a principios de marzo, apenas una semana después de que comenzara el conflicto; en mayo, el secretario general de la ONU advertía sobre “el fantasma de una escasez mundial de alimentos” y The Economist dedicó su portada a “la catástrofe alimentaria que se avecina”.

Buena parte de esa cobertura es tan fría que resulta reconfortante: gráficas de los precios de varios productos básicos, todos en aumento y a la derecha, como en este panorama general de Reuters o este, del Times, realizado por el presidente de la Fundación Rockefeller Rajiv Shah, y Sara Menker, fundadora de Gro Intelligence. Una mirada superficial a estos gráficos sugiere que la crisis no es más que una forma de inflación, aunque resulta esclarecedor, dado el debate estadounidense sobre el aumento de los precios internos, que estos picos sean tan globales.

Una mirada más atenta a la escala —el precio de los cereales aumentó un 69,5 por ciento, según Reuters, y el de los aceites, hasta un 137,5 por ciento, mientras que el índice general de precios de los alimentos ha subido un 58,5 por ciento— sugiere que el efecto podría ser más significativo, sobre todo si se conoce la violencia que acompaña los recientes incrementos más moderados de los precios de los alimentos (como cuando hubo disturbios, desestabilización política y guerras declaradas en más de 40 países en 2008).

Sin embargo, una de las cosas que las gráficas de este tipo no evidencian es la hambruna masiva. Y, a pesar de ello, según David Beasley, quien fue gobernador republicano de Carolina del Sur y ahora encabeza el Programa Mundial de Alimentos de la ONU, eso es lo que implican: la posibilidad de que, como resultado de la actual crisis alimentaria agravada por la guerra en Ucrania, el cambio climático y los efectos continuos de la pandemia de coronavirus, 323 millones de personas estén “en camino hacia la inanición” en este preciso momento, y 49 millones estén “literalmente al borde de la hambruna”.

El Programa Mundial de Alimentos, como casi todo en la ONU, es en parte un grupo de defensa que se dedica casi continuamente a la recaudación de fondos y, en este caso, a toda prisa, para evitar el hambre más aguda. Como organización, está construida en esencia para errar en lo que respecta a los cálculos que ponen los pelos de punta y hacen sonar las alarmas: en octubre del año pasado, advirtió que más de la mitad de Afganistán podría enfrentar una situación de hambre mortal durante el invierno.

No obstante, el trabajo de una organización como esta no es predecir qué ocurrirá, sino advertir qué puede suceder y trata de evitarlo (al igual que los medios de comunicación, los grupos de defensa pueden mostrar lo que a algunos les parece un sesgo de malas noticias). Este es el dilema de reputación inherente: haz lo posible para aliviar la crisis y la alarma inicial parece una tontería. La mitad de la población de Afganistán no murió este invierno, pero casi uno de cada 10 bebés sí, y sigue habiendo problemas de alimentación en la región. El hambre es un factor, no un binario, y en todo el mundo, calcula Beasley, la agencia ya alimenta a 125 millones de personas al día. Beasley espera que esa cifra aumente a 150 millones este año. La diferencia entre esas dos cifras es de 25 millones de personas hambrientas.

Y vale la pena tener en cuenta que 49 millones no es el número que se enfrenta a la “inseguridad alimentaria aguda”, para usar la distinción de la categoría técnica del programa. Esa cifra es mucho más alta: al menos 323 millones, lo que supone un aumento, según Beasley, respecto a los 276 millones de antes de la guerra, los 135 millones de antes de la pandemia y los 80 millones de cuando él se incorporó al programa en 2017, lo que indica que la cifra se cuadruplicó durante ese periodo. Cuarenta y nueve millones solo es la cantidad de personas que corren un riesgo de muerte más inmediato.

Ese empeoramiento es resultado de la guerra, pero la crisis subyacente es más grande y estructural: según cálculos del Programa Mundial de Alimentos, al menos, la mayor parte del crecimiento en esa categoría de “inseguridad alimentaria aguda” es el resultado del empeoramiento de las condiciones antes de la invasión.

Eso se debe principalmente a la COVID-19, el cambio climático y el conflicto —las “tres ‘C’”, como las denomina el economista de la Universidad de Cornell Chris Barrett, quien se especializa en la agricultura y el desarrollo y es coeditor en jefe de la revista especializada Food Policy. El economista afirma que: “Antes, el retraso en el crecimiento de los niños —el impacto acumulado de la mala nutrición y la salud— se daba en esencia en todos los lugares que eran pobres. Ahora, solo es en los lugares que son pobres y donde hay conflicto”.

Los impactos climáticos también son ahora una afectación continua. The Economist resumió el estado de la agricultura mundial, poco antes de la guerra, de esta manera:

China, el mayor productor de trigo, ha declarado que, después de que las lluvias retrasaron la siembra el año pasado, esta cosecha puede ser la peor de su historia. Ahora, además de las temperaturas extremas en India, el segundo productor de mayor escala a nivel mundial, la falta de lluvia amenaza con mermar la producción de otros países productores de alimentos, desde el cinturón del trigo en Estados Unidos hasta la región de Beauce en Francia. La peor sequía desde hace cuarenta años está devastando la región del Cuerno de África.

La guerra trajo consigo sus propios efectos agravantes: embargos a las exportaciones rusas y un bloqueo que obstaculizó las de Ucrania, donde los agricultores también se esforzaban por cosechar y plantar en medio de la amenaza de bombardeos; el aumento en los costos de los combustibles incrementó de manera considerable el precio de los alimentos al encarecer su transporte y provocar aumentos drásticos en el costo de los fertilizantes, la mayoría de los cuales se producen con gas; y las prohibiciones a la importación impuestas por más de una docena de países, preocupados por su propia seguridad alimentaria, que tensaron el mercado todavía más.

Por su parte, Beasley cree que 2023 podría dar un giro aún más funesto. La crisis de precios de este año podría estar sucedida por una verdadera crisis de suministro, en la cual los alimentos lleguen a estar fuera del alcance de muchos millones de personas, no solo por los precios, sino por las condiciones estructurales actuales (como no poder plantar la cosecha del año próximo en Ucrania y el aumento drástico en el precio de los fertilizantes, que puede representar una tercera parte o más del costo anual total de los agricultores), y el mundo podría experimentar lo impensable: una verdadera escasez de alimentos.

Por fortuna, en este punto, la mayoría de los economistas agrícolas son un poco más optimistas. Señalan que la mayoría de los alimentos son para consumo nacional, no se comercializan en los mercados internacionales, lo cual significa que cifras como el “12 por ciento de las calorías comercializadas en el mundo” pueden ser engañosas. Los economistas procuran no hacer distinciones entre “inseguridad alimentaria”, “hambre” e “inanición”, que describen una extensa gama de experiencias humanas. Según los economistas, en muchos lugares, puede haber sustitución, incluso en los 36 países que de manera habitual importan el 50 por ciento o más de su trigo de Rusia y Ucrania. En esos lugares donde no es posible el remplazo, existe el último recurso de la ayuda alimentaria, y el Congreso acaba de reservar 5000 millones de dólares para ese fin.

Pero, sobre todo, los economistas agrícolas señalan que, en principio, no hay una verdadera escasez de alimentos a nivel mundial, sino solo esa “crisis de precios” que no parece ser tan grave. El conflicto ucraniano ha provocado una catástrofe humanitaria genuina y generalizada, dicen, pero no ha supuesto un retorno a las teorías de Malthus.

“Los problemas de hambruna ya no son en realidad problemas de los sistemas alimentarios, en mi opinión”, dijo Barret. “A un nivel evidente, la gente no tiene suficientes alimentos para comer, pero eso no se debe a que el sistema alimentario no funcione. Hay que ir a las aldeas más remotas del mundo y allí los alimentos se suministran comercialmente. Unilever y Coca-Cola pueden llegar a cualquier pueblo en cualquier lugar, de manera bastante rentable. El problema es que la gente no tiene para pagar esos productos”.

Beasley cita las historias de éxito de los últimos años, “cuando las naciones donantes pudieron estar a la altura y lograr los objetivos”, pero ahora existe la preocupación de que en algunos lugares ya se haya rebasado el punto de inflexión. Y agrega: “Basta ver los altercados y protestas que ya se están dando: Sri Lanka, Indonesia, Perú, Pakistán. Ya hay inestabilidad en Chad, Mali. Esa solo es una señal de que algo va a sucedernos a una velocidad sin precedentes”.

En diciembre, según los cálculos de Gro Intelligence, había 39 millones de personas al “borde de la hambruna”. Eso equivale a una “emergencia extrema”, en la que “literalmente, estás a punto de morir de inanición”; 780 millones se encontraban en “extrema pobreza”, y mil 200 millones de personas experimentaban “inseguridad alimentaria”.

Hoy, casi seis meses después, las cifras son 49 millones, 1100 millones y más de 1600 millones de personas. Diez millones más han pasado al borde de la inanición, según Menker, y “400 millones de personas se encuentran en una situación de inseguridad alimentaria en todo el mundo debido a los aumentos de precio tan solo en los últimos cinco meses”. La experta afirma también que: “En un sentido literal, esa es una mayor cantidad de gente que el número de personas que China ha sacado de la inseguridad alimentaria en las últimas dos décadas”.

Es un cálculo sorprendente: las dos décadas de mejoras en la inseguridad alimentaria en China que solían describirse como uno de los acontecimientos más milagrosos de la historia de la humanidad, se han revertido en todo el mundo tan solo desde Navidad.

Aunque Barret reitera la historia más esperanzadora a largo plazo, no se muestra muy optimista sobre lo fácil que será prolongar esas tendencias. Le preocupan los efectos del clima, como a todos los economistas agrícolas, y menciona a Willard Cochrane y su principio de la “rueda de molino tecnológica”, según el cual los sistemas alimentarios deben evolucionar constantemente para defenderse de las amenazas en constante evolución, desde las plagas y los hongos hasta el calor.

“Hay que esforzarse por avanzar para no retroceder”, lo que en este caso, dice Barrett, significa un gasto en investigación y desarrollo agrícolas mucho más fuerte de parte de los gobiernos, como era habitual hace medio siglo; desvincular la producción de alimentos del uso de la tierra mediante el uso de innovaciones como la fermentación de precisión, la agricultura vertical y otras similares; cambios estructurales legales y de incentivos para reorientar esa innovación hacia el mundo en desarrollo, que es el que más la necesita; y posiblemente la erradicación, o al menos la reducción, del uso de la agricultura para producir biocombustibles, que según Menker consume suficiente comida para alimentar a mil 900 millones de personas al año.

“Eso es lo que nos permitirá resolver los problemas del mañana. No va a hacer nada por los problemas de hoy”, dijo Barrett. “Los problemas de hoy solo pueden atenderse interviniendo con chequera en mano y dándole comida a la gente que la necesita con tanta desesperación”. Barrett dice que hacer eso “es cuestión de voluntad política. Y, por desgracia, muchas veces no se tiene”.

Barrett no se limita a repetir la cantaleta liberal. Señala a la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, que da seguimiento a la cantidad de ayuda necesaria que en realidad llega a los países vulnerables. En África central, todos los países, excepto dos, han recibido menos del 20 por ciento de la ayuda calculada como necesaria. En Chad, el 16 por ciento; en Burundi, el tres por ciento. “El llamado humanitario para Ucrania fue sobredimensionado por los donantes de todo el mundo, mientras que lugares como Yemen y Sudán del Sur y Madagascar lucharon por llegar al 15 o el 20 por ciento de su índice de necesidad”, dijo. “Cuando se trata de política, somos indiferentes al sufrimiento humano en muchas partes del mundo”.

“Llevamos décadas haciendo esto y —salvo que se trate de personas blancas desplazadas en lugares importantes a nivel geoestratégico como la antigua Yugoslavia o Ucrania, ambos lugares con grandes crisis humanitarias y una respuesta rápida y generosa por parte del resto del mundo— en lugares como la República Democrática del Congo o Sudán, la gente no se aparece ni apoya. Entonces, ¿por qué seguimos esperando que eso vaya a cambiar?”.

“Hay un gran exceso de mortalidad en el sur de Madagascar, Sudán del Sur, Yemen, Somalia y Afganistán. Es decir, todos ellos tienen un origen político, tanto en lo que respecta a la respuesta humanitaria como al conflicto y los problemas de infraestructura”. A menos que haya una “respuesta humanitaria sorprendentemente sólida por parte de los ricos del mundo, los gobiernos y los filántropos, habrá mucho sufrimiento humano”, afirma.

Sin embargo, la historia de incluso los últimos 15 años no es nada fácil en lo que respecta a la alimentación y el hambre. En un nuevo y provocador libro, Price Wars, el antropólogo y director de cine Rupert Russell traza la historia a través de los mercados de productos básicos, señalando, entre otras cosas, que en ningún momento durante esos años hubo nada parecido a una verdadera escasez de calorías; como dice Barrett, de hecho, la producción global de alimentos aumentó año tras año, todos los años. Y, sin embargo, se produjeron varias crisis severas en los precios de los alimentos —2008, 2011 y ahora en los últimos años— cada una resultado, sugiere, de un incremento drástico en la especulación financiera en los mercados de materias primas.

Y aunque quienes estudian el precio de los alimentos ofrecen explicaciones contrapuestas —una curva de demanda inelástica, que puede convertir pequeñas afectaciones en la oferta en enormes aumentos de precios, o el hecho de que la disminución de la pobreza en el mundo significa un auge de la demanda suficiente para mantener el sistema en la precariedad— la especulación financiera ayuda a explicar cómo las afectaciones naturales en los mercados (los impactos del cambio climático o los conflictos locales, por ejemplo) pueden amplificarse hasta convertirse en problemas más mundiales y de mayor escala, como que los comerciantes se enganchen en una carrera para responder a pequeños cambios en el mercado “real”.

Esta no es la única interpretación posible de los últimos años: como han argumentado muchos de quienes simpatizan con la clase dominante, incluso reconociendo gran parte de su brutalidad, la pandemia fue quizás menos perturbadora de lo que podría haber sido, y los problemas de la cadena de suministro, aunque significativos, fueron considerablemente más leves de lo que la mayoría temía al principio. Y aquellos que confían en que el poder de los mercados asigna de manera eficiente los recursos podrían mirar el mismo conjunto extenso de datos que Russell y decir que los aumentos de precios e incluso las crisis ocasionales pueden ser el costo periódico de un sistema dinámico que responde a las afectaciones locales.

Y aunque la crisis de precios actual no es una invención pura de los mercados —Russell la describe como “el regreso de lo real”, debido a que refleja el impacto de la guerra, entre otros factores— también nos dice algo sobre el refrán que tan a menudo se atribuye a Sen: que una crisis alimentaria salpicada por la decisión arbitraria de un autócrata de lanzarse a una aventura militar destructiva tras dos años de desorden pandémico mundial, con muchas de las regiones agrícolas más importantes del mundo bastante perturbadas por el cambio climático antropogénico y cientos de millones de personas sufriendo ya el dolor de la volatilidad de los precios de los alimentos, es un recordatorio de que, por muy preferible que sea a la alternativa, la proposición de que el hambre es ahora principalmente una creación humana no es, digamos, un supuesto tan tranquilizador como podría haber parecido alguna vez.

Por supuesto que podemos extraer muchas otras lecciones del aumento alarmante del hambre en el planeta —primero en los últimos cinco años y luego en los últimos cinco meses— incluyendo el papel de los conflictos y cómo los efectos desestabilizadores del clima pueden ser incluso muy inferiores a lo que podría llamarse una verdadera escasez mundial de alimentos. Pero me parece que una de las dos lecciones más sorprendentes es: decir que una catástrofe no es “natural”, sino “humana” no significa que se pueda resolver, o que se pueda evitar, con facilidad. Después de todo, henos aquí, lidiando con la tercera crisis de este tipo en 15 años, y el número de personas con hambre en el mundo se ha cuadruplicado tan solo en los últimos cinco años.

La segunda lección es que con las crisis verdaderamente globales, las afectaciones o daños no tienen por qué alcanzar niveles omnipresentes para producir impactos devastadores. En los rincones privilegiados del norte global, podemos ver aumentos de este tipo en los precios de los productos básicos —del 10, el 20 o el 50 por ciento— y pensar que son desafortunados, que imponen cargas reales a los que menos tienen, pero no verlos como algo tan perturbador en esencia. Podemos decirnos que los precios reflejan que los mercados están haciendo su trabajo, lo cual es cierto. Pero ¿qué trabajo es ese? Para muchos, volver a pagar la mitad del precio por la leche puede no ser muy problemático. Pero en esa misma fluctuación del precio de los alimentos podemos ver cómo el hambre en el mundo aumenta para decenas de millones, quizá cientos de millones.

Eso debería ser suficientemente alarmante, incluso si las peores predicciones de hambruna se evitan este año y el próximo. Y eso es lo que se considerará un éxito: algunos cientos de millones orillados a la inseguridad alimentaria en un periodo de meses, y muchas decenas de millones orillados al hambre aguda, pero relativamente pocas muertes por verdadera inanición. Y lo que resulta aún más alarmante es que está por verse si conseguimos ese “éxito”.

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Experto afirma monorriel no es solusión al probelama del transporte de pasajeros de Santiago

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Según el experto en canales y puertos doctor ingeniero de caminos Carlos Sully Bonnelly Ginebra el monorriel que se construirá en Santiago, con una inversión de 38,505 millones de pesos no responde a razones de eficiencia y eficacia, por lo que entiende no es la solución al problema del sistema de transporte de pasajeros, en esta ciudad.


En tal sentido, el reputado ingeniero asegura que la demanda de servicio de transporte público en la ciudad corazón se puede satisfacer con un sistema de autobuses de altas prestaciones, por lo que el monorriel no es necesario.



Ginebra, quien también es Consultor en Economía de Transporte y Proyectos de Asociación Público-Privada, expresa que el monorriel contrasta con la alternativa de inversión del Plan Integral de Movilidad Urbana Sostenible de Santiago (PIMUS), realizado en 2018.

Explicó que el PIMUS, elaborado con el patrocinio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Consejo para el Desarrollo Estratégico de la Ciudad y el Municipio de Santiago (CDES) y el Ayuntamiento de Santiago, es la fórmula eficaz para solucionar el problema del transporte público en la capital del Cibao.

Dicho proyecto estipula 151 autobuses para atender todo el servicio, con una capacidad del sistema de 12,260 plazas (80 autobuses de 100 pasajeros y 71 autobuses de 60 pasajeros), reduciendo paulatinamente las unidades de concho (en malas condiciones) que actualmente dan el servicio.

Esa propuesta -añade el experto- permitiría negociar con los sindicatos la chatarización de los vehículos del concho por número de plazas de los nuevos autobuses.

Detalla que los costos de su aplicación, incluyendo compra de autobuses y adecuación de la vialidad de los carriles únicos y compartidos, construcción de estaciones y sistema de recaudo, es de RD$25,905 millones, 12,505 millones menos que la inversión que hará el gobierno en el monorriel.

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Abinader muestra garras y mortifica con la reelección

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Guarionex Rosa
guarionexrosa@hotmail.com
Santo Domingo, RD

“No mires pa´trá”, que el titular de LISTÍN DIARIO en su edición del pasado lunes lo definió como el grito de campaña del PRM, en la voz del presidente Abinader, durante el acto de instalación de las nuevas autoridades de ese partido, dice más que el gobernante se toma su tiempo.

Los cercanos a Abinader dirían que el gobernante no quiere apresurar su lanzamiento de campaña por la reelección del 2024, sino que esperará aún más, para mortificación de sus opositores que quisieran atacar ese flanco aparentemente débil de una jornada a destiempo, dos años antes.

Quizás por ello el consultor jurídico del Poder Ejecutivo, Antoliano Peralta Romero, rechazó los alegatos opositores de que el presidente Abinader se lanzó con su discurso a la carrera reeleccionista. Peralta Romero estaba en la segunda línea de la mesa directiva y aplaudió con entusiasmo.

La admonición donde el presidente desafió a sus opositores a que “aporten o se aparten”, tuvo lugar en un acto al parecer muy bien organizado en el palacio de los deportes del Centro Olímpico de la capital, con la participación de delegados de todo el país y  la crema y nata del PRM y amigos.

Abinader mostró sus garras. Como en anteriores discursos de tinte político, el pasado domingo provocó a sus opositores. Como hacía el doctor Balaguer y gobernantes posteriores a su época de 22 años, no se definió expresamente sobre sus planes para el 2024, pero se supone lo que tiene “in pectore”.

El gobernante no consigue razones para evadir una postulación en las venideras elecciones presidenciales, pero muchas para seguir el pedido de sus partidarios, que no hace mucho derogaron de los reglamentos del PRM la no reelección, citando que la Constitución la autoriza.

Se diría que casi todo el mundo dominicano piensa que el presidente Abinader buscará un segundo período, como lo hicieron sus antecesores Leonel Fernández y Danilo Medina, con éxito. Quien está al frente del desafío al presidente Abinader es justamente Fernández, tres veces presidente.

Si lograra su propósito, el doctor Fernández, que trabaja día y noche por consolidarse como el principal adversario con figura presidencial hasta ahora, querría ingresar en el círculo estrecho de gobernantes que repitieron en el puesto tras la caída de la dictadura de Trujillo, gobernante por 31 años.

Fernández, un peleador empedernido por la Presidencia, ataca los flancos que entiende débiles del gobierno actual, escasamente reconoce algo bueno y rebate los argumentos de que la economía, el turismo, las construcciones y las zonas francas, están bien como lo hizo en su artículo del lunes en LD.

Leonel le “cortaría los ojos” a quienes ya amigos o adversarios le sugerirían que está fuera de la realidad en sus intentos, como hizo hace días en una carta pública abierta el periodista e historiador Miguel Guerrero a quien no respondió y posiblemente no hará en el futuro.

Abinader ataca
En el ataque de Abinader a sus opositores en la asamblea política no solamente se destacó el fondo de su mensaje sino también el lenguaje corporal desafiante y provocativo, a sabiendas de que tal ataque encontraría la reacción opositora y tal vez, sacar de quicio a quienes ven caduco al ex gobernante.

El presidente Abinader, al parecer entusiasmado porque su pieza oratoria le cedería el “momentum” de la política, le advirtió a los electores que el tiempo de los otros mandatos “ya caducó”, una referencia innombrada a Fernández y a Medina, cuyo empeño es mantener el partido con bríos aunque no sea para su cosecha.

Abinader sabe que Fernández tiene muchos recursos, cuenta con un sector oligárquico que creció a más no poder durante sus tres períodos de gobierno, de un sector militar que en su retiro acomodado rumian sino la vuelta a los puestos bien rentados, a la influencia que dimana del poder.

Fernández tiene su sector popular que nadie a ciencia cierta sabe cuán grande es en una sociedad olvidadiza, que hace pocos años seguía a los abanderados de los juicios populares contra el político por las acusaciones de corrupción en sus cuatrienios. Cariacontecido entonces, el ex gobernante reclama otro turno.

El presidente Abinader trabaja también día y noche, al punto que algunos de los suyos y estudiosos de la conducta humana creen que debe descansar más. Contrario al decir popular de que el doctor Balaguer trabajaba las 24 horas, lo cierto es que descansaba bastante en siestas vespertinas.

Como Abinader, que no visita Juan Dolio, Fernández y Medina tampoco utilizaron la casa presidencial, que se degradó al punto de que a la llegada del presidente Guzmán en 1978, tuvo que ordenar su remodelación y restaurar el menaje de casa sustraído por el personal de servicio y custodia.

Un periodista que visitaba con frecuencia la playa recordaba cómo se sorprendió cuando en casa de una familia de aldeanos, le brindaron café en una taza de porcelana de Bavaria, mientras comía su almuerzo de pescado frito al estilo Boca Chica con tostones. La pieza venía al parecer de la casa presidencial.

Las bandas en Haití
Al presidente Abinader le preocupa que bandas armadas han tomado calles de ciudades y campos de Haití, en un recuerdo de lo que pasó en Jamaica en el verano de 2010 cuando el gobierno de esa isla tuvo que mandar militares y policías contra el bastión de Christopher “Dudus” Coke, en Kinsgton, la capital.

Coke y sus seguidores se habían hecho fuertes en Tivoli Gardens, un tugurio de la capital y desde allí, protegido por las armas y las drogar desafiaron la autoridad del gobierno. Al final de junio del año mencionado, tras un saldo de muchos muertos, el Coke fue arrestado y extraditado a USA.

El endeble gobierno del primer ministro haitiano Ariel Henry no tiene fuerza ni legitimidad para concitar el apoyo popular y lanzar una ofensiva de sangre y fuego contra las diversas bandas que pululan en el país y que cuentan al parecer con la simpatía de uno que otro delincuente dominicano desarraigado.

La parte dominicana podría hacer lo que muchas veces ha hecho Israel y Estados Unidos, que es cruzar fronteras y capturar terroristas y malhechores que han atentado contra sus intereses como en los casos de secuestros y asesinato de personas, robo de vehículos y tráfico de drogas y armas

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