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Opinión

A LA MEMORIA DE CARLOS RAMÍREZ BÁEZ

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A LA MEMORIA DE CARLOS RAMÍREZ BÁEZ
Periodista/Locutor/Publicista
Santiago/República Dominicana
Por Adriano de la Rosa
Es difícil escribir una semblanza sobre la vida y desaparición a destiempo de una persona que más que amigo y colega era un hermano que conocí hace casi medio siglo, en 1968.
Mi mente y mi corazón no pueden comprender por qué tan fácilmente se nos va una persona útil a la sociedad, un hombre que dedicó su vida a la comunicación para servirle al pueblo de todo corazón, con objetividad, ética y vocación.
Carlos Ramírez Báez sintetiza toda una vida dedicada a la defensa de la libertad de expresión al servicio de la democracia, la constitución y las leyes que garantizan las libertades públicas, principios que defendió durante toda su existencia.
Nos iniciamos muy jóvenes en el complicado mundo de la comunicación, apenas teníamos 16 y 17 años cuando junto a Luis Espinal, Epifanio Rodríguez, Carlos Juan peña Portorreal y muchos otros decidimos fundar y laboral en el periódico SME, que representaba los sectores de Sabica, Mejoramiento y El Egido, semanario que tuvo una amplia difusión en la ciudad y que junto al programa radial «Pedestal de la Cultura» que transmitiamos por Radio Libertad como emisora matriz y una cadena de 22 emisoras nos convertimos en importantes difusores de las informaciones y la cultura.
De ahí en adelante Carlos suspendió sus estudios de administración de empresas en la UCMM y yo los de. Medicina en la UASD para dedicarnos completamente a laborar en diferentes medios de comunicación como El periódico La Información y como productores de Radio y Televisión donde fuimos pioneros junto al periodista Luis Domínguez, además de redactores y articulistas de periódicos y revistas locales y nacionales.
En 1974, junto al director de Radio CIBAO, Salomón Luna Gil, iniciamos uno de nuestros más importantes proyectos: La difusión del noticiario «Cibao Informativo», el primero en la región con tres emisiones diarias, así como varios programas vespertinos y nocturnos dónde se estrenaron más de una veintena de periodistas y locutores que posteriormente abrazaron la comunicación como profesión.
Pero el más importante de sus proyectos y en el que fué pionero en la región y el país y el país fué la creación del «Centro de Comunicación», una institución que dió incontables servicios de prensa, relaciones públicas y publicidad a numerosas instituciones públicas, privadas y sociales y que contaba con un importante personal especializado.
De ésta oficina de comunicación salió uno de sus más famosos programas de televisión, «Hechos y Gente» que dirigió durante casi toda su vida de periodista.
Carlos Ramírez Báez fué un comunicador dinámico y perspicaz, brilló como profesional del periodismo porque siempre fué un gran creativo y mejor emprendedor, además de solidario con sus colegas y compañeros de trabajo.
Fué cofundador junto a nosotros del antiguo Sindicato Nacional de Periodistas Profesionales en 1970, del cual fué secretario general y en 1983 del Colegio Dominicano de Periodistas -CDP- y el actual Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa -SNTP-, además de que fué delegado dominicano ante el Primer Congreso de la Federación Latinoamericana de Periodistas -FELAP- donde vivió una gran experiencia internacional.
Carlos fué un idealista, siempre tenía a manos un nuevo proyecto aún después que perdió la visión durante las enfermedades que le aquejaron durante sus últimos años de vida y además de emprendedor pude comprobar su gran amor a la vida, disfrutaba su trabajo que hacía con mucha dedicación y vocación de servicio.
Siempre le adornaron una serie de cualidades que iban acompañadas de su dinamismo sin fronteras, sus esfuerzos incansables por mejorar su trabajo estuvieron a la vista de todos los periodistas que laboramos junto a él, pues no conocía la palabra excusa, además de que fué un buen orientador y guía de numerosos periodistas que recibieron su impulso motivador.
Servicial y solidario tuvo una vida gremial que lo llevó a diferentes cargos directivos en las filiales de la prensa en Santiago.
Carlos Ramirez Báez fué un periodista unitario y pluralista que siempre manifestó sus opiniones con agudeza y madurez, juicioso, leal y trabajador.
Sus planteamientos no son un prontuario repleto de utopías, sino de resumidos objetivos puntuales, prioritarios y alcanzables que fueron privilegiados por su alto nivel de creatividad y capacidad ejecutiva con la que beneficio, impulsó y sostuvo a mucha gente e instituciones.
Pocos como yo y sus padres fuimos testigos de su militante quehacer político contra el gobierno impopular de los 12 años, época en que confeccionamos y distribuimos volantes y afiches contra los fraudes electorales y en defensa del pluralismo político para todos los sectores.
Su inesperada muerte nos sobrecoje y enluta a todos los que compartimos y laboramos a su lado.
Ha muerto un periodista emblemático, un maestro de la comunicación, un gran creativo, un excelente locutor, ha muerto Carlos Ramírez Báez y les aseguro que no podrá escribirse la historia del periodismo dominicano sin mencionar los numerosos aportes que hizo a ésta noble y peligrosa profesión de comunicar e informar al mundo.
Descanse en paz nuestro amigo, colega y hermano Carlos Ramírez Báez.

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Folklorismo y política

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REFLEXIONES ATREVIDAS #5

Por José Francisco Peña Guaba

 

En esta entrega vamos a hacer referencia al término de folklore, que se conoce como la disciplina que estudia el conjunto de creencias, prácticas y costumbres que son tradicionales de un pueblo, o manifestaciones culturales asociadas a los bailes, la música, las leyendas, los cuentos, las artesanías y supersticiones propias de una cultura autóctona, tradiciones compartidas en nuestra población que se transmite con el paso del tiempo de generación en generación, y que se presenta de manera destacada en nuestra álgida actividad política.

 

Somos los dominicanos, verdaderos adictos a la política, la tenemos en nuestros genes y la vivimos con pasión inusitada, siempre hemos sido así, de un ADN difícil de cambiar, cuyo interés solo es comparable a la adhesión febril, a los clubes de pelota, a los cuales se siguen ciegamente, claro está, con mayor nivel de fidelidad que el que se manifiesta hoy en la política electoral nuestra, porque nuestros ciudadanos se cambian más fácilmente de partidos y no de fanatismo beisbolero.

 

La política nos corre por las venas, y aunque existe hoy cierta apatía de la juventud hacia ella, el murmullo digital es parte consustancial de la diaria virtualidad ciudadana, o sea todo el mundo de un modo u otro opina sobre política y de los políticos, la más de las veces en una crítica sórdida muy bien ganada por los que se dedican a este ingrato, pero desprestigiado oficio.

 

Pero en nuestro folklore nacional, la política está presente como lo ha estado por siglos, en los bailes desde los merengues alegóricos de inicio de la República hasta aquellos que exaltaban la grandeza del trujillato, o de aquel perico ripiao’ que en alegría cadenciosa demuestra la versatilidad cibaeña, o la bachata del ayer, raíz melodiosa de los de abajo, que a modo de venganza han cautivado hoy a los de arriba, aquí y en una gran parte del mundo.

 

Aunque no son propios de nuestra tierra el son y la salsa, son ritmos que siguen siendo de una herencia caribeña, que bien sabemos disfrutar y que hemos logrado apuntalar en el corazón de nuestros barrios.

 

En rítmico acento y al compás de la güira, la tambora y el acordeón, le ponemos nota a la alegría contagiosa de ciudadanos que se resisten, pese a los múltiples problemas del hoy a ser tristes, buscando cualquier vaga justificación para sonreírle a la vida, a pesar de las situaciones que a diario nos acogotan.

 

Somos los dominicanos amantes a los cuentos, a contarlos más, sabemos que no vivimos del cuento, pero todavía enlas tradicionales peñas damos rienda suelta a la fantasía, rememorando leyendas que nos acompañan como parte del imaginario popular que le da vida todavía a la ciguapa, a los temibles chupa cabras, al atemorizante cuco, al singular “mal de ojos” y al poderoso “bacá”, acompañante fiel que ha protegido y suplido los apremios económicos a más de uno de los que nos han gobernado.

 

Somos los dominicanos supersticiosos hasta más no poder, por eso todavía hablamos de la caída de la banda presidencial en el Congreso, de los rezos para que el Señor nos tome en cuenta, de los ensalmos que nos protegen de las malos espíritus, y de los conjuros para los que creen en la magia o el hechizo de invocar divinidades a los fines de salvaguardar vidas y bienes.

Aferrados a nuestras tradiciones nos siguen poniendo al nacer azabaches para evitar las miradas maliciosas y envidiosas de vecinos, ponemos aún las escobas invertidas detrás de las puertas, y siempre tenemos sal para ahuyentar e inmovilizar a cualquier brujería doméstica que suelen lanzar los desafectos a nuestra presencia.

 

Casi todos los principales hombres públicos tienen sus “asesores espirituales”, raíces de costumbres que nos persiguen y nos obligan a creer que hay que protegerse de los malos espectros, porque el que no se cura de espanto, le da el pecho desguarecido a cualquier anima lanzada para enturbiarnos el camino.

 

La buena suerte o la providencia juega en contra de unos y a favor de otros, el destino tira sus cartas, dándole larga vida a los que paciencia tuvieron, y acortándole la existencia a los que vivieron de manera tórrida, mientras todo tipo de mito o fabula se ha construido en el tiempo, sobre aquellos que dejaron interrogantes acerca de su proceder en el interregno del tiempo en que les tocó estar en esta tierra de hombres y mujeres propios de sus épocas, la más veces llenos de bonhomía que de malas acciones, porque este nuestro pueblo en su amplia mayoría esta repletos de gente nobles.

 

Es posible que se siga buscando la suerte de aquel que está signado a ponerse en su pecho la banda tricolor, unos así lo quieren, otros lo descifran como por prestidigitación, y lo buscan en las cartas o en la mancha del café dejado en una taza, pero todos queremos saber quién será el suertudo para apostar a lo seguro, y de manera oportuna ir tras de su entorno para entrar con el equipo que se hará inquilino de la mansión de Gazcue.

 

No hay nadie que aspire que no busque su resguardo y que rechace tener desde San Juan quien le proteja y le limpie el camino hacia la silla de alfileres, por eso es que la política del poder tiene un secretismo mágico que acompaña a los bienaventurados que logran llegar a la cima.

 

Por cada 100 que han aspirado tal vez uno ha llegado, porque una dosis de suerte y protección cuasidivina acompaña a los semidioses del Olimpo, que logran ganarle la carrera a la desventura, por eso es que el folklore es parte primordial de los sinsabores de esta política vernácula nuestra, a donde los mejores no siempre le ha sonreído la fortuna, y los dichosos no siempre son de los buenos, pero esa es la historia mística de nuestro pueblo que ni los vientos de cambio harán cambiar, cosa que ni el sincretismo cultural que produjo el mestizaje y la transculturación iberoamericana ha logrado transformar ni con el paso inexorable de los años.

 

Somos así de alegres, brujeros y bulliciosos, pero vivimos ‘juchos’ para no caer en ganchos, siendo simpáticos para lograr la gracia o el favor de no importa quién sea que llegue al Palacio.

 

Es la política la actividad más febril del ciudadano común, que busca en ella cambiar su suerte, con más ahínco que los sueños que le hacen jugar descifrando los números de la lotería, somos un pueblo donde el folklorismo se mezcla con la política para crear el mayor de los anhelos de los que habitamos esta media isla, ¡¡¡el poder llegar al poder!!!

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Aquellos años de amor y de heroísmo

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Santo Domingo, RD

Artículo publicado por Arlette Fernández, viuda del coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, en el año 2002

(Al coronel constitucionalista Rafael Quiroz Pérez)

Al caer la tarde del  18 de enero  de 1962 yo me encontraba en mi casa del Barrio para Oficiales de la Base Aérea de San Isidro acompañada  de  mis  hijos esperando la llegada de Rafael.  Quien llegó, sin embargo, fue mi cuñado, Arcadio Fernández,  con instrucciones de sacarme inmediatamente  de la casa.  Cerré  la puerta y salí de allí con mis cuatro hijos y sin nada más.

Arcadio no decía nada, excepto un  “todo está bien”,  indicio de que algo andaba mal. Sabía que tenía que ver con Rafael. Los dos últimos días Rafael  los había pasado en reuniones y  haciendo  llamadas telefónicas relacionadas con la crisis político-militar que estábamos viviendo.

Salimos del área militar y  Arcadio  apretó el acelerador.  En  minutos, llegamos  a casa de mis tíos Silvestre y Chea en el Ensanche Ozama.  Nos esperaba  otro vehículo que nos trasladó a un  lugar donde estaríamos   resguardados.

Tras la salida  de la familia Trujillo, las fuerzas políticas, Unión Cívica Nacional, Partido 1J4 y el PRD,  exigían continuamente  la renuncia del doctor Joaquín  Balaguer, quien permanecía gobernando el país. De ahí la huelga declarada  el 28 de noviembre de 1961.

El  general Pedro Rafael Ramón Rodríguez Echavarría, un calificado piloto de 37 años de edad, era el Secretario de Estado de las Fuerzas Armadas y  había  llegado a esa posición porque fue él quien  planificó ametrallar la Base Aérea de San Isidro como fórmula de amedrentar a los Trujillo  para  que se fueran del país.  El plan dio resultado. Pero a   pesar de su bien ganada aureola de héroe, Rodríguez Echavarría suscitó antipatías en el estamento castrense por su activa participación  en los asuntos políticos.

Tras largas y difíciles negociaciones, la huelga terminó y el 1 de enero de 1962 se instauró un  Consejo de Estado, presidido por el doctor  Balaguer y compuesto además por el licenciado Rafael F. Bonnelly, monseñor Eliseo Pérez Sánchez, doctor Nicolás Pichardo y los generales  Imbert Barreras y  Amiama Tió.

El día 16 de enero,  cuando parecía que el país iba a entrar en un período de calma ocurrieron los hechos del Parque Independencia. Dirigentes de  la Unión Cívica Nacional  participaban en un acto público frente al parque.  Súbitamente,  se presentó al lugar una patrulla de la Fuerza Aérea con tanques de guerra y disparó.  Hubo varios muertos y heridos.

Se encendió de nuevo la capital y el resto del país pidiendo la renuncia de Balaguer y de Rodríguez Echavarría. Los acontecimientos fueron de tal envergadura que esa noche se decretó el estado de sitio. Todas las organizaciones, políticas, obreras, profesionales y  estudiantiles, se manifestaron  abiertamente en contra de esas dos figuras.

Esa noche, el licenciado Bonnelly, el doctor  Pichardo y monseñor Pérez Sánchez fueron apresados por Rodríguez Echavarría y llevados al Club de Oficiales de la Base Área de San Isidro. Horas después, Balaguer se asiló en la Nunciatura Apostólica y Rodríguez Echavarría instaló una junta cívico-militar encabezada por el doctor Huberto Bogaert.

El entonces mayor de la Fuerza Aérea Dominicana,  Rafael Tomás Fernández Domínguez, un brillante oficial de  27 anos de edad reconocido  como líder de la joven oficialidad por su conducta y don de mando, estaba resuelto junto a esos  oficiales  a   poner fin a una situación cada día más insostenible.

La  operación se puso en marcha Primero, Rafael  pasó  por el Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas  (CEFA) y  le pidió a su  director y amigo,  el   teniente coronel Elías Wessin y Wessin, que lo acompañara.  En el trayecto Wessin fue enterado del plan.

Después se dirigió al Batallón Táctico de Antiguerrillas  y le pidió al teniente Rafael Quiroz Pérez,  comandante de la segunda compañía,     un fusil para el coronel Wessin,  y un grupo de soldados.   El teniente  Quiroz  formó la tropa y solicitó  50 voluntarios,  no sin antes decirles que irían en compañía del mayor Fernández Domínguez a una misión muy  peligrosa.  Todos dieron un paso al frente.

La misión del teniente Quiroz Pérez  era  impedir la  entrada al Club. El coronel Atila Luna  llegó con un grupo de pilotos pero el  oficial   se lo impidió aduciendo órdenes superiores. El coronel amenazó con romper la puerta pero a una señal del teniente,  los doscientos soldados que permanecían discretamente a la expectativa se dejaron sentir.  El coronel Atila Luna se retiró.

El mayor Gildardo Pichardo Gautreaux,  subcomandante del Batallón Blindado  y los  tenientes Freddy Piantini Colón y  Marino Almánzar García, entre otros oficiales, desempeñaron  un papel vital   para el éxito de la operación. De ahí, que  cuando Rafael penetró a los jardines del Club, ya había allí un pelotón con 5 tanques AMX.  Rafael  se detuvo  junto al primer tanque e impartió esta orden:   “Si en 10 minutos no salimos del club, vuelen el edificio”.

Rafael utilizó el factor sorpresa.  Fue lo que se llama una operación  de comando,  que se desarrolla en pocos minutos.   Lo que sucedió en  aquellos  momentos y horas después, es sorprendente.  Algún día les contaremos.

La orden de disparar quedo cancelada y el teniente Quiroz subió a la segunda planta donde se encontraban Rafael, Wessin y otros oficiales. El general Rodríguez Echavarría le pedía a Rafael que le dijera al coronel  Wessin que bajara el fusil,  porque lucía muy nervioso y  el arma podía dispararse.  El teniente Quiroz   le quitó suavemente de las manos el fusil FAL que momentos antes le había entregado.

Antes de seguir  hacia la capital con Rodríguez Echavarría detenido,  Rafael pasó por la jefatura de la Fuerza Aérea. La orden impartida a un grupo de oficiales había sido cumplida: el general Santiago Rodríguez Echavarría, -Chaguito- hermano del destituido general, había sido removido como Jefe de Estado Mayor. Este le pidió que no lo llevara  al Palacio porque era peligroso,  pero Rafael se comprometió a preservar su vida  a costa de la suya.  El general “Chaguito” quedó tranquilo porque sabía que Rafael cumpliría su palabra.

Con un tanque delante y otro detrás, la caravana se dirigió al Palacio Nacional.   Cerca de las diez de la noche el Consejo de Estado, esta vez presidido por el licenciado Bonnelly,  quedó instalado en medio del júbilo popular.

Los periodistas preguntaban  quién había hecho preso al general Rodríguez Echevarría.  El presidente Bonnelly   señaló a Rafael diciendo: “Ese joven que esta ahí es el héroe”.  Pero él contestó: “No hay héroes. Esto lo han hecho las Fuerzas Armadas por el bien de la Patria y del Pueblo.”

Mientras todo esto sucedía, mis hijos y yo, acompañados por mis tíos y mis padres, esperábamos atentos y temerosos.  Alrededor de las 8 de la noche,  vimos por televisión al coronel Emilio Ludovino Fernández, hermano de Rafael, cumpliendo lo que éste le había encomendado: informar al pueblo dominicano  que  la crisis político-militar había terminado.

Pasadas las 10,  llegó mi marido acompañado de unos pocos militares. Vestía traje de campaña  y tenía una ametralladora belga en las manos; calzaba botas negras de reglamento y me pareció un gigante, pero sobre todo muy atractivo. Lo abracé y lo besé, orgullosa  de mi hombre y me apreté contra él cuando me dijo que iba a pasar la noche en la Base Aérea. Sentí la necesidad de protegerlo, pero me tranquilizó saber  que mi padre lo acompañaría.

Mis hijos y yo dormimos  en casa de mis tíos regresando a San Isidro al día siguiente, cuando ya, aparentemente, no había nada que temer. Nos llevó un vehículo conducido por  un oficial y  escoltas.

Rafael llegó a nuestra  casa a la hora acostumbrada. Se encontraba relajado, fresco,  como si aquella noche no hubiera tenido la tensión que las circunstancias dictaban. Mi padre nos dijo  que Rafael durmió plácidamente mientras el velaba su sueño con una ametralladora en las manos.   Jugaba con los niños y con Rey, su  pastor alemán. Yo lo miraba embobada, orgullosa, pero sabía que mis miedos no terminaban ahí.    Había vivido otras experiencias, no tan peligrosas,  pero igual de mortificantes, suficientes para conocerlo.   Intransigente con su dignidad personal y el respeto a sí mismo. Rabiosamente honesto. Decididamente responsable. Tierno y enérgico a la vez. En aquel momento no comprendí que tener a mi lado a un hombre como él, tenía un precio.

Al  día siguiente, se hizo una reunión en la Base Aérea para elegir por votación a los jefes militares.   Rafael expresó su deseo  de dirigir el CEFA, pero el coronel Wessin y Wessin obtuvo mayoría de  votos y se quedó en el puesto.    Rafael fue ascendido a teniente coronel y  nombrado  sub jefe de la Fuerza Aérea.

Para  asegurar el éxito de la operación, Rafael  tomó en cuenta todos los detalles. El entonces teniente Héctor Lachapelle Díaz, uno de sus mejores amigos,  no fue enterado del plan.  Lachapelle era escolta del general Rodríguez Echavarría y  Rafael  estaba convencido de que él  saldría en defensa del alto jefe militar por su concepto de lealtad.  Con un oficial mandó a decirle  que lo esperara en el comedor del Club Cine, que estaba dentro de la Base.  Después de larga espera, Lachapelle decidió ir a buscar a Rafael, pero fue hecho prisionero y desarmado al salir por la Casa de Guardia.  Esa misma noche  Rafael dispuso que el teniente Lachapelle Díaz  estuviera directamente bajo sus órdenes como Encargado de la Sección de Instrucción de Infantería de la FAD.

Pasaron  más de dos años y  Rafael y el general Rodríguez Echavarría  se encontraron  en la casa que ocupaba el presidente Juan Bosch en  Puerto Rico, durante los acontecimientos de abril de 1965.

Don Juan contaba que  le pidió a ambos que se saludaran como compañeros de armas y olvidaran el pasado:  “El coronel Fernández Domínguez, que sabía  mandar porque sabía obedecer, se cuadró y  saludó, a lo que respondió en igual forma el general Rodríguez Echavarría, dándose los dos las manos y,  sin hablar una palabra del pasado, volvieron a actuar juntos en los episodios que les pedí que lo hicieran. Los dos fueron a Venezuela, hacia donde los mandé a gestionar la manera de salir ellos y yo desde ese país hacia Santo Domingo para lo cual le llevaron una carta mía al  presidente de Venezuela,  Raúl Leoni, que era un amigo mío de muchos años. El presidente Leoni dijo que no podía dar su consentimiento para que se hiciera ese viaje.  A ese fracaso se debió que el coronel Fernández Domínguez no pudiera llegar al país antes de lo que llegó.

“El general Rodríguez Echavarria me había contado en el año 1964,  que cuando  dos oficiales (teniente coronel Elias  Wessin y Wessin y el mayor Rafael Fernández Domínguez)  fueron a detenerlo, él le había dicho al de mayor graduación:  -¡Muchacho, ten cuidado con esa ametralladora que se te puede zafar un tiro y matarme!. Pero cuando le vi los ojos a Rafaelito me di cuenta de que era él quien iba a matarme si yo no me daba preso”.

La doctora Milagros Ortiz Bosch vivió una experiencia similar:  “El profesor Bosch había restablecido la amistad entre el general Pedro Rafael Rodríguez Echavarría y el coronel Fernández Domínguez.  Con motivo de su encuentro en relación con el viaje que hicieron a Caracas, el general le diría al coronel: “Rafael, si no me hubieses hecho preso en el 1962,  otra fuera la situación.  Estaríamos más adelante en el proceso”.

El coronel Fernández Domínguez se puso de pie, tocó como es uso militar los tacos de sus botas y le respondió: “Con permiso del señor Presidente, -así siempre se dirigía al profesor Bosch,- cuantas veces usted se equivoque, general, y quiera actuar en contra del pueblo dominicano, yo lo volveré a hacer preso”.

El era así,  un ser humano excepcional, todos los dias,  a toda hora.

El tiempo pasa  y   nos arrastrará  a nosotros con él.  A sus hijos y a mí; a sus familiares, compañeros y amigos; a los que lo aman y lo respetan y también a los  que usurpan  sus acciones  y  hasta sus ideas.    Nuestras voces  callarán, pero  la   de Rafael   retumbará    siempre,  clamando a las  generaciones   por una entrega total a  su Patria y a  su Pueblo. Como lo hizo él.

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