Dramas washingtonianos, ¿intrigas rusas? Dramas washingtonianos, ¿intrigas rusas?
La evidencia circunstancial recabada por la CIA y el FBI tiene algún indicio de veracidad o prueba contundente, el problema de la seguridad cibernética... Dramas washingtonianos, ¿intrigas rusas?

La evidencia circunstancial recabada por la CIA y el FBI tiene algún indicio de veracidad o prueba contundente, el problema de la seguridad cibernética lo tienen los partidos políticos mayoritarios, tanto el demócrata como el republicano

Por: José R. Rivera González

El drama desenfundado el anterior fin de semana alrededor de informes de inteligencia tanto de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) como del Negociado Federal de Investigaciones (FBI), señalando a la Federación Rusa como autora intelectual de los ataques cibernéticos a los partidos políticos estadounidenses (primariamente el Partido Demócrata), ha sido el principal tema de conversación de los ciclos noticiosos en los Estados Unidos. Digo específicamente ciclos noticiosos porque son los consorcios mediáticos los que en efecto han mantenido el tema vivo en las pantallas, ondas sonoras y las mentes estadounidenses; el resto de la nación se quiere mover.

A pesar de lo irregular de la temporada electoral y del resultado de la misma, hay una intención de regresar al business as usual. Dicho de otra manera, la pretensión es finiquitar el asunto electoral de una vez por todas y pasar a la otra etapa: la de la cotidianidad. Hay un deseo de los americanos de recogerse, reagruparse y continuar la actividad productiva; de que la infraestructura nacional sea actualizada para mover los bienes, los servicios y la fuerza laboral; de una política doméstica no sectaria -mis expectativas en este renglón no son muchas- y una política exterior coherente basadas en las realidades sobre el terreno y los límites -tampoco aquí, a juzgar por los deslices recientes, hay mucho que esperar-. Para ello, se precisa de que el nuevo gobierno asuma su cargo, que los demócratas acepten su rol de oposición oficial y de que la otra oposición, aquella consciente, activista, la que ha luchado por que la enmienda de igual protección de las leyes aplique para todos, ocupe la esfera pública para defender la amplitud del espacio democrático que con esfuerzo considerable ha gestionado.

Pero el problema es mucho más complicado porque así lo han dispuesto innecesariamente las partes involucradas en este drama. Asumiendo que la evidencia circunstancial recabada por la CIA y el FBI tiene algún indicio de veracidad o prueba contundente, el problema de la seguridad cibernética lo tienen los partidos políticos mayoritarios, tanto el demócrata como el republicano. La responsabilidad de estos -como instituciones semipúblicas y cuyo objetivo es organizar y presentar agendas político-ideológicas, formular compromisos programáticos, competir en elecciones para optar por el poder y gobernar a través del ente público que llamamos Estado- es de salvaguardar sus datos sensitivos pues uno de los dos tiene alta probabilidad de convertirse en responsable de la cosa pública.

El otro aspecto del problema es el presidente electo. Sin negar que la CIA tuviera designios perversos en el mundo de la posguerra, más aún durante la Guerra Fría, mereciendo el repudio de sus críticos, hay algo en el tono despreciativo de Donald Trump que desde una perspectiva institucional causa preocupación. No es solamente la falta de un mensaje de consenso en el liderato republicano del Congreso y la nueva administración, es el hecho de la disposición de parte de Trump de menoscabar la credibilidad de las instituciones y en particular una cuya función es crítica en la formulación de política exterior. Decimar entidades gubernamentales como la CIA, a pesar de la tirantez y a través de las redes sociales, tal vez no sea la mejor forma de comenzar una presidencia, especialmente en tiempos de gran incertidumbre.

Un último detalle para los perdedores de esta contienda: a pesar de ello, para el maleficio de los demócratas y los detractores del nuevo presidente, todos los ataques cibernéticos posibles no eligieron a Trump. A él desafortunadamente lo eligió un buen número de votantes en estados poblacionalmente insignificantes y de otros que siendo feudos republicanos invalidaron los votos de sus residentes demócratas a través de un sistema de colegios electorales que anula el voto popular. Igualmente, lo he señalado en otra de mis columnas, el campo demócrata no nominó a su mejor candidato, punto. Decir, como adujo el director de campaña de Hillary Clinton, John Podesta, en el New York Times: que “[los ataques cibernéticos] deben perturbar a todo americano… [n]unca en la historia de nuestra república hemos visto semejante esfuerzo para perjudicar el sostén de nuestra democracia”, solo toma en cuenta una parte de la trama. Se le olvida a Podesta la antipatía generalizada hacia la exsecretaria de Estado. Se le olvida también que ellos negaron al senador Bernie Sanders la posibilidad de competir en condiciones de igualdad para optar por la nominación del partido, de paso subvirtiendo vilmente las reglas de juego. Y, definitivamente, se le olvidó a Podesta que no hay necesidad de un ataque cibernético para constatar que el Partido Demócrata (el Republicano también) dejó a la deriva, en aras de una ortodoxia económica, a las clases trabajadora y media, alimentando el desarraigo que las llevó en masa a Trump.

fernando peña

Fernando Peña es miembro del Colegio Dominicano de Periodistas (CDP) y ex vicepresidente . Ha labordo en diferentes medios, pero donde más se ha destacado es como periodista político. Durante más de veinte años ha sido productor de programas de televisión en Santiago. Es columnista de varios periódicos digitales y del periódico La Información; productor y conductor de su programa de tv, DE PRIMERA HORA, por MEGAVISION CANAL 43, presidente del Capítulo de República Dominicana, de la Fundación Dominicopuertorriqueña. Desde un principio, su principal interés ha sido el acontecer político, los partidos, el funcionamiento de los gobiernos y cómo estos trabajan para mejorar la calidad de vida del pueblo dominicano. Es autor de varios libros, su última obra "El Desafío Dominicano", es una denuncia responsable sobre la corrupción en República dominicana.

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